Queridos hermanos y hermanas en Cristo:
Una de las imágenes más comprometedoras en la Biblia entera es Dios como un amante apasionado, que busca atraer a su infiel esposa de regreso a El. Oseas, el profeta del siglo VIII, enriquece el entendimiento bíblico de Dios con esta imagen. La esposa de Oseas había dejado al profeta y se había marchado tras otros hombres. Aún así, el profeta la seguía amando, la esperaba y añoraba estar con ella. Oseas, vio en la experiencia de su amor fiel por su infiel esposa, un tenue rayo del amor de Dios por su pueblo.
Israel había abandonado el verdadero culto a Dios. Siguió cortejando a los ídolos de sus días. Rompió la alianza de matrimonio con Dios, que la había traído de la tierra de Egipto y la hizo posesión suya. Sin embargo, Dios no se da por vencido. El es ese esposo que anhela su esposa, aún cuando ésta se ha prostituido. El espera volver a encender en su corazón el fuego de su amor. Nostálgica y románticamente, Dios promete, “Por eso, yo la seduciré, la llevaré al desierto y le hablaré a su corazón.” (Oseas 2, 16)
A través de la historia de Israel, el desierto establece como el momento de gracia de Dios, quien dirige y guía a su pueblo. Cuando Dios sacó a su pueblo de la esclavitud en Egipto a la Tierra Prometida, el camino a la libertad, llevó a Israel por el Mar Rojo y el desierto. Dejando la estabilidad de sus hogares y el acceso fácil al alimento, los israelitas enfrentaron la dura realidad de la existencia en el desierto por cuarenta años. Estos años de pruebas fueron un período de fortalecimiento. Privados de sus comodidades, los israelitas dependieron profundamente de Dios. Dios calmó su sed con agua de la Roca. Dios los alimentó con pan del cielo. Mientras tanto, el pueblo crecía en el conocimiento que Dios era su protector. El los estaba formando como su pueblo.
Sin las distracciones de la vida anterior en Egipto, su visión estaba sin impedimentos. Como las estrellas brillan más en la noche del desierto, así también la mano salvadora de Dios mostró más claramente ante la experiencia de Israel en el desierto. Israel se encaminaba hacia la Tierra Prometida. Y Dios estaba con ella, incluso en las pruebas y sufrimientos de la marcha a la libertad. El fortalecía sus piernas débiles y llenaba de gozo su espíritu decaído.
En un sentido muy real, toda la humanidad camina hacia la Tierra Prometida. Nuestra jornada cristiana nos lleva a cada uno por las aguas del Bautismo al desierto. Hoy, mucha gente en el mundo vive en diferentes tipos de desiertos. Algunos deambulan en “la oscuridad del desierto de Dios, el vacío de las almas que no reconocen su dignidad o el objetivo de la vida humana,” (Papa Benedicto XVI, Homilía de la Misa de Inauguración de su Pontificado, 24 de abril de 2005). No es así para nosotros. Una luz nos guía en nuestra jornada por el desierto a la verdadera libertad. Esta luz es Cristo mismo.
El Hijo de Dios se hizo uno con nosotros en Jesús. El vino no simplemente a ser un compañero en nuestra jornada, sino a ser nuestro líder y guía. El vino a sacarnos de la esclavitud del pecado a la libertad de los hijos de Dios. El mismo ha pasado por el desierto del vacío humano. Después de su propio bautismo por Juan en el Jordán, el Espíritu llevó a Jesús al desierto. Allí, por cuarenta días y cuarenta noches, experimentó las tentaciones que Israel había enfrentado, errando por el desierto. Donde ella fracasó, El conquistó. Jesús no sólo establece un ejemplo para nosotros seguir, sino que también nos da la fortaleza de levantarnos por encima del demonio, que ansía arrastrarnos.
La experiencia del desierto de Jesús, después de su bautismo, contiene la historia de toda su vida pública. Cada día de su ministerio, El estuvo cara a cara con el poder de Satanás y probó ser el más fuerte. En efecto, al final de su vida, su Pasión fue la confrontación más dramática con el demonio. Su experiencia en el desierto fue intensificada. En la Pasión, Jesús es despojado de sus vestiduras, de alimentos, de bebida, de hogar, de amigos y de la vida propia. Es privado, incluso de la consolación de la presencia del Padre. Aún así, confía en la voluntad del Padre.
El Padre lo ha llevado a la Cruz, y Jesús abraza este vacío en obediencia a la voluntad del Padre. En contra de la privación y oscuridad del Gólgota, Jesús ora, “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.” El permite que el Padre lo lleve de la muerte en la Cruz a la gloria de la Resurrección. El se convierte en el nuevo Moisés dirigiendo a todo el pueblo a la Tierra Prometida.
Cada Cuaresma, el Señor nos llama a caminar con El a Jerusalén. Jerusalén es el momento culminante de la vida de cada cristiano. Pues es aquí que seguimos a Jesús a la Cruz y a la Gloria. Jesús nos repite la invitación que les hizo a los primeros discípulos. “Mirad que subimos a Jerusalén” (Marcos 10,33). Al unirnos a Jesús para emprender esta jornada de cuaresma, El nos llevará por el desierto. Esto es un lugar privilegiado de encuentro con Dios. Dios nos aparta de las distracciones de la vida, para reavivar en nosotros la pasión de su amor. Nosotros somos el Israel infiel. El es el fiel que le dice a todos los que adoran los ídolos del materialismo, consumerismo y narcisismo, “Yo te desposaré para siempre, te desposaré en la justicia y el derecho, en el amor y la misericordia; te desposaré en la fidelidad” (Oseas 2, 21-22)
Durante los cuarenta días de la Cuaresma, vivimos la experiencia del desierto a través de la oración, el ayuno y la limosna. Cada esfuerzo que hacemos por rezar intensamente, ayunar más a menudo y dar generosamente, crea para nosotros un espacio libre de distracciones y comodidades de esta vida. Disponemos más tiempo para la oración. Nos privamos de alimentos corporales. Compartimos nuestros bienes materiales con otros. En cada momento, estamos vacíos. Pero en tal condición de apertura a la disponibilidad, Dios encuentra entrada en nuestra vida.
A través del ayuno, privamos nuestro cuerpo en una disciplina espiritual. Muchas personas hoy día están preocupadas seriamente con la salud y apariencia de su cuerpo. Limitan lo que comen, y evitan algunos alimentos. Esto es hacer dieta. Ayunar es algo diferente. Es, por la salud del alma, privar al cuerpo de algunos alimentos, y negar la satisfacción a nuestro apetito. Es el entrenamiento, de la voluntad para decir “no” a las cosas de este mundo, para que podamos ser libres y decir “sí” a Dios.
En una de sus homilías, San Juan Crisóstomo señala: “Así como los alimentos que tomamos engordan el cuerpo, ayunar fortalece el alma; impartiendo un viaje fácil que hace posible ascender a lo alto, a contemplar cosas elevadas y poner lo celestial más alto que lo placentero de la vida.” Una vez los discípulos encontraron a Jesús ayunando y sin comida. Ellos lo cuestionaron y él les respondió: “Yo tengo un alimento que ustedes no conocen… Mi alimento es hacer la voluntad de aquel que me ha enviado” (Juan 4, 32.34) Ayunar nos entrena para hacer la voluntad del Padre. Y, la voluntad de Dios es que nos amemos los unos a los otros.
Por medio de la limosna, tomamos de nuestros bienes y los damos a los pobres. Dando lo que tenemos a aquellos no tienen nada, incluye el dar más de una donación a la caridad. Limosna puede ser la ofrenda de nuestro dinero. Así como también puede ser una ofrenda de alimentos o vestidos, una buena obra, una visita o un compartir de nuestro tiempo con alguien.
Cada vez que damos de lo que tenemos a otro que es pobre material o espiritualmente, estamos en contacto directo con el Señor mismo. Como San Pedro Crisólogo enseñó: “La mano del hombre pobre es el tesoro de Cristo, debido a que es el mismo Cristo quien recibe todo aquello que el hombre pobre recibe” (Sermón VIII, 4). Por lo tanto, lo que damos va a las manos de Cristo. Dejando a un lado nuestra actitud egoísta, entramos en una comunión profunda con Cristo, quien nos da lo que El verdaderamente es, el don de la vida eterna.
A lo largo de la Cuaresma, hacemos un esfuerzo adicional de orar. Así como el aire es para el cuerpo, la oración es para el alma. La oración, nuestra conversación seria e informal con Dios, es nuestro primer acercamiento a Dios. Sin embargo, toda nuestra oración es actualmente nuestra respuesta al Espíritu Santo que vive y trabaja dentro de nosotros. Incluso, cuando no sabemos qué decir, “el Espíritu…viene en ayuda de nuestra debilidad,…el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables” (Romanos 8, 26).
El Espíritu Santo inspira nuestra oración personal, y nos mueve a entrar más devotamente en la oración de la Iglesia. El Espíritu nos lleva a celebrar frecuentemente la Eucaristía, ojalá diariamente, y a participar fervorosamente del Sacramento de la Reconciliación durante la Cuaresma. El Vía Crucis, las visitas al Santísimo Sacramento del Altar, las Horas Santas, la misión cuaresmal de la parroquia, las devociones marianas, especialmente el Santo Rosario, son algunas formas en las cuales le permitimos al Espíritu Santo entrar en nuestra vida más plenamente.
Muchos de los Padres de la Iglesia entendieron la conexión íntima entre la oración y el Espíritu Santo. Ellos atestiguaron la manera de orar el Padre Nuestro, que hace ésto explícito. Al punto de la segunda petición en la Oración del Señor, después de las palabras “Venga a nosotros tu reino”, ellos agregarían las palabras “Que el Espíritu venga y nos purifique” (San Gregorio de Nisa, Homilía sobre el Padre Nuestro, III, 6). Como Serafino de Sarov, un santo ruso del siglo pasado, dijo, “El verdadero fin de la vida cristiana es la adquisición del Espíritu Santo. La oración, el ayuno…[y] obras de caridad, son los únicos medios para adquirir el Espíritu Santo.”
A través de nuestras prácticas cuaresmales, daremos más de nuestro tiempo para orar. Damos limosna a los pobres. Renunciamos a la satisfacción de nuestros cuerpos. Como la antigua Israel, entramos en el desierto sin nuestras acostumbradas comodidades y rutinas. Abrazamos nuestro vacío humano con Jesús en el desierto y con Jesús en la Cruz. Unidos a El, somos llevados más profundamente al Misterio Pascual. Llegamos a compartir más plenamente en el don del Espíritu Santo. Somos reconciliados con Dios.
Que María, quien acompañó su divino Hijo de Belén al Calvario, esté junto a nosotros al pie de la Cruz, intercediendo por todos. Por su amorosa intercesión, que el Señor nos bendiga y nos llene con la alegría de su Resurrección.
Dado en la Cancillería, el once de Febrero del Año del Señor 2009, Fiesta de Nuestra Señora de Lourdes.









